Alejandro Otero: color y ritmo

“La estructura, el espacio y el tiempo, todos derivan del color”.

–Alejandro Otero.

Mientras en Venezuela dominaba la pintura paisajística, varios artistas fueron a contracorriente, optando por rechazar todo contacto imitativo con las formas del mundo exterior. Uno de ellos fue Alejandro Otero, cuya obra fue esencial para el surgimiento de la abstracción y la modernidad plástica en su país de origen. En el momento cumbre de su carrera, durante los años 50, Otero se decantó por una estética geométrica, no-expresiva, antinaturalista y antifigurativa. Y así pasó a la historia, marcó un nuevo inicio y dejó su huella en el desarrollo de la abstracción geométrica latinoamericana.

Otero y sus coloritmos. Foto: El Universal

Poco después de graduarse de la Escuela de Artes Plásticas de Caracas en 1945, Otero emigró a París, donde se encontró cara a cara con las obras que inspiraron su minimalismo de línea y color. Un gran punto de quiebre para el artista fue ver las pinturas de Picasso y Cézanne, pues poco después Otero empezó a alinearse con las enseñanzas del Cubismo. En 1946, escribió a su amigo Alfredo Boulton: “No deja de interesarme la idea de enviar a Caracas algunas de las obras que estoy trabajando aquí en París pero, a la vez, lo que estoy haciendo es tan distinto a lo que se está haciendo allí…”. Estaba seguro de que sus trabajos causarían escándalo en Caracas, y no se equivocó.  

Alejandro Otero, “Cafetera Azul” (1946-48). Foto: Universidad de Los Andes

En 1949 expuso en el Museo de Bellas Artes de Caracas su serie “Cafeteras”, que tuvo un impacto de grandísimas proporciones en la sociedad venezolana, por la simplicidad de los cuadros y su resuelta escasez de recursos pictóricos. A pesar de hacer alusión con los títulos a algo ampliamente conocido por la cultura popular no había en estos cuadros ninguna referencia objetiva al mundo visual del espectador –por primera vez el arte tal y como era entendido en ese contexto no guardaba similitud con la realidad.

Tres inspiraciones de Otero (de arriba a abajo): Picasso, Cézanne y Mondrian. Foto: Luis Benshimol

Al finalizar la exposición, Otero volvió a París y viajó a Holanda para estudiar la obra de Mondrian, un maestro decisivo en el desarrollo de sus siguientes series. Extrayendo de Mondrian su uso esencial de los colores primarios y la geometría; de Picasso la espacialidad abstracta entre color, línea y plano; y de Cézanne el movimiento y vibración a través de la pintura, Otero empezó a pintar sus “Líneas de color sobre fondo blanco”, precedentes claros de sus obras por excelencia: los coloritmos.  

Alejandro Otero, “Líneas de color sobre fondo blanco” (1951). Foto: Sotheby’s

Sobre todo la obra de Cézanne lo marcó, pues sus cuadros dan la impresión de un nuevo orden emergente, un objeto llegando a organizarse ante nuestros ojos. En sus propias palabras, Otero vio en Cézanne “la posibilidad de que, a través de la percepción gobernada tanto por lo geométrico como por el color, se logra la apariencia en el cuadro de una estructura espacial que vibra mientras se forma”.

Precisamente esa ‘vibración’ fue lo que Otero se enfocó en materializar a continuación. Su obra empieza a girar en torno al movimiento, al pulso, al ritmo. Creando no-figuras planas –líneas–, contraponiéndolas en un espacio de color y haciéndolas jugar entre sí, Otero generó una nueva experiencia de percepción: logró hacer ver la espacialidad del color, su cualidad expansiva en el lienzo más allá de lo pictórico.

Alejandro Otero, “Boceto de Coloritmo 51”. Foto: Fundación Privada Allegro

“Los coloritmos eran sencillamente unos tablones alargados, atravesados de un lado a otro por bandas paralelas blancas y oscuras cuyos intersticios amoblaba con formas de colores puros y brillantes. El propósito de estas líneas era asegurar el dinamismo total de la superficie, estableciendo un ritmo direccional abierto, tanto hacia los lados como hacia los extremos de las tablas. Los colores jugaban entre las líneas creando un contrapunto de dimensiones y espacios a partir de la vibración de paralelas y colores
–Alejandro Otero (José Balza, 1977).

En el corazón de la serie de coloritmos, se encontraba un deseo fundamental de Otero, que era redefinir la pintura como un medio creador de superficies y, a mayores y más importantemente, generador de objetos. Con esta ambivalencia, el artista pretendía romper el orden tradicional de la estética modernista, emplazando en sus obras un propósito mayor; y detrás de esto, había otro gran sueño por conquistar: la integración del arte y la arquitectura, la creación de un nuevo género de abstracción –la geometría urbana.

Algunos de los Coloritmos de Otero. Foto: Pinterest

En colaboración con Carlos Raúl Villanueva –reconocido arquitecto venezolano, colega y amigo del artista– Otero tuvo la oportunidad reiterada de hacer realidad esa finalidad integradora. Trabajaron codo con codo para levantar la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV (Universidad Central de Venezuela), para la cual Otero construyó una Policromía monumental con mosaicos de vidrio en la fachada del edificio. Utilizó dos tonos de azul para que, de la misma forma que con sus coloritmos, la obra ganara simbología según el campo de visión del espectador y las relaciones que éste generase con los recursos pictóricos circundantes (el cielo y la luz, por ejemplo).

Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU), Universidad Central de Venezuela, 1957.
Carlos Raúl Villanueva (Arquitecto) y Alejandro Otero (Fachada). Foto: Wikipedia

En sus incursiones en arquitectura, Otero también exploró el ámbito de la escultura y en 1977 creó, para el Smithsonian National Air and Space Museum de Washington DC, su Delta Solar. La obra pretendía rendir homenaje a la tecnología, así como al culto inca al sol.

Alejandro Otero, “Delta Solar” (1977). Foto: Wikipedia

En definitiva, el legado de Otero es interminable. Para Latinoamérica fue un precursor y empedernido investigador en los campos de abstracción, color y luz. Al color, “el elemento esencial”, le adjudicó una función-condición de espacialidad, expandiendo las percepciones más allá de los efectos ópticos. No cabe ninguna duda de que Alejandro Otero sentó la raíz de la contemplación espacial de la obra de arte.

Luis Benshimol